En redes sociales aparecen muchos memes y vídeos graciosos sobre madres maravillosas preparando un desayuno sanísimo en una cocina, como se dice ahora, aesthetic (seguro que lo he escrito mal) y después, se amplía el plano y se comprueba que el único rincón de la cocina o de la casa que estaba impoluto era el que aparecía en el vídeo «original».
Estos vídeos nos hacen gracia porque todos somos un poco ella. La pandemia obligó a todos a ponerse en la piel de los que llevamos muchos años trabajando en remoto y todo el mundo entendió que lo de no tener la casa recogida, o que uno de tus hijos entrara en tu despacho o incluso trabajaras con sudaderas y zapatillas, no te hacía peor trabajador.
Sin embargo, es lógico que no queramos mostrar (y como señal de respeto, me parece la mejor opción no hacerlo) la parte más desordenada de nuestras vidas que, además, no aporta nada ni debería importarle a nadie.
Pero dicho esto, a menudo me hago la reflexión de la exageración del número de videollamadas al que nos vemos expuestos cada día.
Entiendo, lógicamente, que para contratarme para un curso, o como profesora en una nueva universidad necesiten verme. Entiendo que una reunión semestral de coordinación de una asignatura sea más agradable para todos si charlamos viéndonos las caras. Entiendo muchas ocasiones en las que no solo no me molesta, sino que me parece la mejor opción.
Ahora bien, no siempre. Muchas veces necesitas información o una conversación que se puede resolver más rápidamente: un email, una llamada (de voz) o, si me apuras, un cruce de audios de whatassapp.
Debe ser que soy de la llamada generación X, pero de todas las formas, yo sigo prefiriendo el email. El email me permite leerlo en cualquier lugar, contestar desde cualquier sitio y en el momento que puedo hacerlo o me viene mejor.
Una llamada permite solucionar algo rápido, pero en su defecto, un cruce de audios de whatssapp puede resolver el problema de que tu interlocutor y tú no tengáis los mismos horarios.
Yo paso muchas horas del día dando clase. Al finalizar puedo contestar un email sin problema. Incluso en un momento de descanso o mientras los alumnos realizan un ejercicio, puedo echar una ojeada al whatssapp si veo algo urgente. Me parece mucho más práctico.
Lo sé. También existe mucha «literatura» en redes sociales criticando los audios. Pero también os cuento que mis mejores (y resalto lo de «mejores») amigas y yo, llevamos años hablando a través de audios. Y lejos de ser algo negativo, nos permite estar en contacto y no perderlo por muy ocupadas que estemos.
Todas hemos cumplido los 40 y algunas los 50, y ello creo que pone de manifiesto dos cosas importantes, al menos en las mujeres: una es que tienes menos tiempo libre, hacemos muchas cosas (trabajar, cocinar, trabajar, leer, trabajar… ¿he dicho ya trabajar?) y otra que seleccionas mejor tu tiempo. Solemos tener hijos, padres, trabajo, obligaciones familiares, hobbies… y no todo tiene horarios estrictos que permitan planificar las llamadas, ni mucho menos las videollamadas.
Yo puedo estar tomando un café con mi madre y que cuando se levante un momento a pedir, o se encuentre con una vecina, sacar tiempo para contestar un mensaje o dejar un audio, pero no hacer una llamada.
Las conversaciones a través de audios tienen ciertas reglas para que se puedan mantener en el tiempo: un audio no es obligatorio contestarlo en el momento, ni tan siquiera en el día. Si el audio contiene algo urgente se deja un mensaje de texto que indica que es urgente y nunca, nunca, nunca se pide perdón por no haber contestado rápido.
De esta forma, uno puede aprovechar un momento de silencio, un paseo, un momento determinado, o al contrario, dejar una idea rápida porque no tienes tiempo de escribir (o no tienes las gafas con las que convivimos los de mi generación).
Pero volvamos a las videollamadas.
Yo no suelo maquillarme ni tan siquiera arreglarme los días que trabajo desde casa. El mismo moño con el que me recojo el pelo para la ducha me puede acompañar hasta el momento de irme a dormir.
Como tengo un perro al que paseo, abrazo, achucho y mimo, no suelo vestirme con mis mejores galas si trabajo desde casa y en mi despacho existe (espero que el mundo me perdone y que mi madre no lo lea) montones de papeles que no he tenido tiempo de ordenar, ropa mal doblada encima de una silla y el un par de bolsos y una zapatillas de deporte que no recogí la noche antes.
Cada dos días alguien me pide que hablemos de algo por videollamada. Intento esquivarlo pero no siempre es posible. Muchas veces no sé justificarlo, o no me atrevo porque no tengo confianza y otras, ni tan siquiera conozco a mi interlocutor, por lo que no me atrevo a decir «llamada, no videollamada» y acabo posponiéndola hasta el día que creo que me vendrá mejor.
Sigo pensando que el mensaje es más importante que la foto, la voz que el vídeo y como he dicho antes, Bill Gates y yo debemos de ser los únicos carcas que seguimos prefiriendo el email.
Mi reflexión es si soy tan rara. Y me lo pregunto a diario porque de verdad, creo que voy contracorriente.
Me suelo consolar a mi misma diciendo que soy de otra generación.
Y lo soy. La prueba definitiva es que en pleno 2025 sigo escribiendo blogs.