Siempre me ha llamado la atención la crueldad que tiene el destino con algunas familias. Me viene a la mente los Kennedy pero también muchas otras familias menos conocidas con las que la vida parece «cebarse» sin descanso.
A veces no son familias sino personas. Todos tenemos una amiga que se pasa el día repitiendo «Esta vez sí que sí… ah, pues no». Y como Sísifo sigue subiendo la piedra de forma casi automática sin tener tiempo de pensar por qué vuelve a caer una y otra vez.
Pero lo que me causa más asombro es cuando esto, además, se concentra en poco tiempo. Esas personas que sufren la pérdida de dos seres queridos en un mismo mes, o que les piden el divorcio el mismo día que han perdido el trabajo.
Tiendo a pensar que Dios le da las batallas más duras a sus mejores guerreros. Pero a veces, pienso que es al revés. Que los mejores guerreros lo son precisamente por no rendirse y librar todas esas batallas.
Al contrario de lo que podríamos dar por hecho, esas personas, o los integrantes de esas familias, suelen ser personas sonrientes y amables con los demás. Siempre ayudan y están dispuestas a hacerlo. Decía Robin Williams, todo un ejemplo en ello, que las personas que sufren tratan precisamente de evitar el sufrimiento (que conocen tan bien) a los demás.
Una vez leí que la diferencia entre los villanos y los héroes era que los primeros, como respuesta a su propio sufrimiento, querían que los demás sufrieran, mientras que los héroes piensan «yo sé lo que es sufrir, así que voy a tratar de evitárselo a los demás».
En cierta forma, sin ser yo ninguna heroína, creo que elegí en la vida el segundo camino. Ello me ha dado como premio una fuerza absoluta para soportar una carga enorme (personal, laboral, familiar) pero también para ayudar a los demás.
¿Acaso existe un superpoder más bonito que ese? Tratar de curar y evitar el sufrimiento a los demás.
El problema radica cuando eres consciente de que salvar a alguien no está en tus manos. Lo que para otro puede suponer simplemente «encoger los hombros» y decir «no puedo hacer nada», a otros nos supone un verdadero dolor de cabeza, o mejor dicho, de corazón.
Buscamos en cada rincón, en cada detalle, en cada momento cómo ayudar, pero a veces no se puede.
Muchas veces me he preguntado si merecía la pena soportar la carga y a la vez sufrir cuando no puedes soportarla. Pero creo que sí. Creo que si intentas un 10, puede que te quedes en un 8, un 4 o un 2… pero no te quedas en cero. Nunca.
Y es entonces cuando vuelve a mi, la parábola del colibrí:
En un bosque muy grande y antiguo convivían muchos animales. Esta selva era un lugar plácido, tupido de árboles centenarios y abundante alimento por doquier.
Era un gran sitio para vivir. Debido a la ubicación geográfica del bosque existían dos estaciones climáticas: verano e invierno. Y en este bosque los animales empezaban a sentir la incomodidad por el calor sofocante que hacía debido al intenso verano en aquel momento.
Para este tiempo escaseaba mucho el agua; la falta de agua estaba creando un ambiente desesperado para la selva y sus habitantes… Sin embargo aún faltaba un suceso más en aquel bosque…
Aquel día hubo un gran incendio en la selva, el fuego se extendía a grandes chispazos a través de los árboles, mientras tanto, todos los animales huían despavoridos…
En mitad de la confusión, un pequeño colibrí empezó a volar en dirección contraria a todos los demás.
Los leones, jirafas, elefantes, ciervos, venados,… todos muy asombrados miraban al pequeño y débil colibrí, pensando en qué hacía yendo directo hacia el fuego.
Finalmente uno de los animales, que no podía creer que el colibrí hiciera toda aquella locura le preguntó: “¿a dónde vas? ¿Estás loco? ¿Qué pasa contigo? Tenemos que huir del fuego inmediatamente”.
El colibrí, un poco palpitante por el calor del fuego, le contestó: “¿recuerdan que en medio de la selva hay un lago?, pues voy volando a toda prisa, recojo un poco de agua en mi pico y vuelvo para ayudar a apagar el incendio”; asombrado, el León, quien entró a la conversación, sólo logró decir: “Estás loco, no servirá en absoluto, tú solo no podrás apagarlo”, el colibrí, en un tono tan seguro como resuelto, respondió:
“No. Pero al menos yo estoy cumpliendo con mi parte”.
Pienso mucho en ello cuando trato de ser íntegra y hacer algo que no merece aplauso, algo que el corazón o la intuición me dicen que haga sabiendo que, casi seguro, no sirve para nada.
También me la trato de recordar cuando no la situación me impide ayudar más, y me consuelo entonces de haber ayudado hasta donde era posible.
Y ¿sabéis lo que os digo? Ojalá no dejar nunca de ser colibrí 😉