Conocí a Mel Robbins antes de que empezara su podcast. De hecho creo que la felicité por Instagram cuando lo abrió, si no recuerdo mal, el mismo día de su cumpleaños.
La conocí y la seguí tras darme cuenta de que su mentalidad era parecida a la mía. Meses después escuchaba en bucle cada capítulo en el coche y confieso que me ayudaron mucho a superar situaciones bastantes complicadas de mi vida.
Mel tiene dos vídeos (en realidad dos discursos, dos enseñanzas, dos mensajes) que para mí tienen un valor incalculable.
Por un lado, “No one is coming” y por otro, la teoría de «Let them».
«No one is coming» se basa en la idea de que nadie va a venir a salvarte.
Nadie va a venir a levantarte del sillón y apagarte la tele, nadie te va a decir que te pongas a estudiar, nadie te va a obligar a comer sano, nadie te va a pedir que recojas la mesa o que dejes el carrito del supermercado en su sitio… Todo depende de ti.
No puedo decir que me supusiera una gran enseñanzas porque, de alguna forma, a yo crecí con ese mensaje, pero cuando me encontré con el vídeo, me recordó y me reforzó mucho la idea.
No sé si por la famosa invisibilidad que suele tener la hija del medio, o por haber nacido en diciembre y haber sido siempre la más pequeña de la clase, pero crecí aprendiendo algunas cosas que tienen, hoy en día, un valor incalculable para mi, y a las que atribuyo cualquiera de mis virtudes.
Por un lado, desde bien chiquitina supe que yo tenía que esforzarme un poco más que el resto para lograr el mismo resultado. Nací un lunes a las 9 de la mañana, aquello debió suponer alguna pista, pero sobre todo, asumí muy bien que a mi todo me costaría un poco más.
Además, como cualquier niño de los 80, crecí con aquellos «no te quejes», «esto es lo que hay»… y otras frases (que no queríamos escuchar entonces) pero que nos hicieron desarrollar una tolerancia a la frustración maravillosa (para mi una de las mejores virtudes que puede tener un ser humano y que más agradezco ahora).
Años después, ser madre, autónoma, y la vida en sí, me fueron enseñando que tú eres el único responsable de lo que haces y de lo que no.
He tenido momentos felices y momentos tristes, como todo el mundo. He reído y llorado muchas veces. He sentido que a menudo que no era capaz de hacer algo, que no podía con algo… pero a la vez, he ido aprendiendo que todo dependía de mi. Ha habido muchas cosas que me podían haber hundido, que me podían haber roto y creedme que algunas no eran tonterías precisamente. Me han hecho daño cuando no me lo merecía, como a cualquiera de nosotros. Pero con los años, he aprendido otra valiosísima lección: a no adoptar jamás el papel de víctima.
¿Alguien te hizo daño ¿Alguien te habló mal? ¿Te engañaron? ¿Abusaron de tu bondad?… no fue justo, no te lo merecías, pero no puedes esperar nada de quien te hizo eso. Eres tú, y solo tú, la encargada de recoger los trozos y decidir si vas a permitir que lo que te hicieron acabe contigo, te duela, te haga sentir mal,… o por el contrario decidir que vas a pasar por encima y seguir con tu vida.
Una vez descubres esto, lo ejercitas durante un tiempo y consigues interiorizarlo, se convierte en un superpoder que va siempre contigo, créeme.
Pero no solo se trata de cuando alguien te hace daño. Otra de las grandes enseñanzas de mi vida es asumir que todos estamos solos en lo bueno y en lo malo. Todos.
Si tienes que coger algo de una estantería muy alta, es mejor tener a alguien que te preste una escalera. Si tienes que superar un obstáculo es mejor tener a alguien a tu lado que te ayude, te aliente y te motive. Los éxitos son mejores si tienes al lado a alguien con quien celebrarlos y los miedos se afrontan mejor si alguien te dice que cree en ti. Si tienes un mal día es mejor tener a alguien que te haga volver a sonreír y si te mareas, te tranquiliza mucho saber que alguien está pendiente de ti.
Pero la vida no es así. O al menos, no siempre.
¿Sería mejor? ¿Sería más fácil? ¿Sería más justo? Probablemente. Pero no es así.
La vida es una partida de cartas. Y tú tienes que jugar con las cartas que tienes. No las puedes cambiar. Cuanto antes lo asumas mejor. Son las que hay.
Puedes pensar que mañana seguramente te toquen cartas mejores. Puedes pensar que no te mereces tener siempre tan malas cartas. O puedes no gastar energía en ello y emplearla en jugar la mejor partida con las cartas que te han tocado. Incluso puedes intentar ganar (esto último es lo que intentamos cada día los optimistas).
Y de verdad, ayuda mucho saber desde un principio que no puedes cambiar las cartas. Te evitas frustraciones, energía y vives mucho mejor.
En la pandemia me ayudó mucho esta forma de pensar. Como autónoma podía haberme frustrado (un poco sí lo hizo al principio, lo admito) pensar que no teníamos ayudas, excepto si cesabas la actividad. «¿Nadie premia a quienes queremos seguir remando?«, pensé mientras veía el telediario.
«No one is coming», otra vez.
Instantes después me recompuse. Ya sabía las reglas del juego, así que tomé la decisión de jugar mi mejor partida y creo que la jugué. Trabajé tanto por miedo a que las cosas fueran mal, que me pasé de rosca. Pero salí adelante.
Han sido innumerables las veces que me lo he repetido en el espejo de algún baño antes de enfrentarme a algo que me daba pánico. Lo bueno es que el ser humano acaba normalizando las cosas con una rapidez increíble y con ella, cada vez cuesta menos.
Pero no veáis el «no one is coming» como algo de emergencia o de última hora.
Cuando de verdad lo incorporas a tu forma de pensar, te sirve también para anticipar cosas.
Hace poco tuve que dar un discurso en inglés dentro de un Foro de Derechos Humanos. Me daba muchísimo respeto hablar delante de personas importantes y además, hacerlo en inglés me ponía un poquito más nerviosa.
No me repetí el «no one is coming» minutos antes de entrar en aquella sala. No. Me lo repetí un par de meses antes cuando me invitaron a dar el discurso y de esta forma, lo preparé y llegué sin miedo a darlo.
Por eso creo que es un mindset (como se dice ahora), o una forma de pensar, muy valiosa e insisto en que es casi un superpoder cuando la haces tuya.
Esta mañana alguien compartió el vídeo de Mel. «No one is coming«, pensé otra vez.
Preparé el café, saqué los apuntes y me puse a estudiar.