Hace semanas escribí un post sobre la obligación de compartir la presentación después de una clase o formación.
Como profesora o conferenciante, utilizo las presentaciones como herramienta de trabajo y no entiendo el por qué tengo la obligación de compartirlas. Lo mismo ocurre con las grabaciones de las clases.
He cometido este error cientos de veces en mi carrera.
Recuerdo una formación para una gran consultora (y cuando digo «gran») me refiero a una de esas que tienen, no cientos, sino miles de empleados en cada país. La propuesta eran 8 formaciones a grupos distintos dentro de la empresa. Como nos encontrábamos al principio del uso de la inteligencia artificial (en concreto de Copilot), el curso era nivel cero, muy introductorio.
Al comenzar, la persona de recursos humanos pidió permiso para grabar la sesión a través de la plataforma (no recuerdo si era Zoom o Teams) con la excusa de que alguien no pudo asistir. Este tipo de preguntas cuando te enfrentas a 40 personas y estás a punto de comenzar, son una encerrona. No puedes decir que no.
Yo suelo decir que como comparto mi propio escritorio, archivos, búsquedas e incluso archivos para las demostraciones, por lo que «bueno, en fin, prefiero que no, pero si es solo para que la vea quine no pudo asistir…» ¿Qué otra cosa puedo decir?…
«Recording in progress…», las palabras que no solo dan acceso libre a tus contenidos (con los nervios en ese momento no eres aún consciente de que te has sentenciado) sino que incrementa tu nivel de cortisol, recordándote que cualquier fallo que cometas queda ahí grabado para miles y miles de personas.
Una semana después, te comentan un cambios de fechas que días más tarde acaban con la anulación del resto de las formaciones propuestas. No tenías contrato en firme, solo una propuesta, así que tu síndrome del impostor te hace pensar que debiste de hacerlo mal y por eso te han cancelado.
Lo bueno del síndrome del impostor es que aparece y desaparece, así que tras otra formación a otra empresa, idéntica en la que te felicitan, comienzas a pensar que no. Que no lo hiciste mal. Pero ya no necesitaban pagar porque la clase estaba grabada.
No hay contrato que te proteja así que sigues, y te prometes a ti misma que no te volverá a pasar.
Pero te volverá a pasar.