Hace tiempo escuché una entrevista en la que Cate Blanchet hablaba de la disciplina de los actores.
Ella afirmaba que cuando tu instrumento de trabajo eres tú, como ocurre con los actores y con los docentes, tienes que tener una disciplina enorme. Decía que esta disciplina se entiende fácilmente en los atletas, porque el resultado de no tenerla puede ocasionarte fracasos o incluso lesiones.
Cuando hablamos de esfuerzo mental, no físico, no resulta tan fácil de entender. Pero además, no solo se trata de disciplina, sino de saber medir por ti mismo si lo estás haciendo bien o si hay algo que puedes mejorar.
Los profesores que impartimos clases en la universidad o en escuelas de negocio solemos tener, al finalizar la última sesión de la asignatura el feedback y la valoración de los alumnos. Al hacerse al final, muchas veces la valoración se ve afectada por la nota o por la percepción más subjetiva de las últimas sesiones.
Todos hemos valorado un servicio de atención al cliente, un comercio o la atención telefónica de un operador. Muchas veces hemos valorado la amabilidad en lugar de la resolución del problema. Otras hemos cargado a la persona que recibe la valoración con todo nuestro descontento generalizado con la empresa para la que trabaja. Por eso, ahora los teleoperadores insisten tanto en decirte que tu valoración es muy importante para ellos.
Dentro de las valoraciones existen muchas formas de medir.
No es lo mismo pulsar un botón verde, amarillo o rojo, sin apenas pensar, que escribir los motivos.
No es lo mismo que te hagan una pregunta que otra. Si en una clase que habla del futuro de la inteligencia artificial una de las preguntas fuera si el profesor ha puesto en práctica lo explicado o si crees que tiene aplicación práctica de forma inmediata en tu vida, no sería demasiado objetivo.
Pero siempre pienso que no todas las valoraciones deberían de ponderar por igual.
¿Debería contar lo mismo el comentario de un alumno que trató de exprimir al máximo tu asignatura, no faltó ni a una sola clase, hizo preguntas y se sentó en primera fila, que el comentario del alumno que estuvo con el móvil la mayor parte del tiempo, no le interesó demasiado o incluso faltó a muchas sesiones? ¿Tiene sentido que las valoraciones de los alumnos se pidan después de saber sus notas?
Este año, en una de las universidades donde doy clase me sorprendió que antes de empezar cada sesión me daban un papel con la foto y nombre de cada alumno para que yo (la profesora) valorara en cada una de las clases su comportamiento y su participación.
Me gustó mucho la idea, pero sobre todo, me hizo pensar mucho sobre cómo están planteadas las valoraciones o las notas. Todos hemos tenido alumnos que entregan un trabajo maravilloso o sacan nota alta en un examen que se hace con el ordenador (en tiempos de ChatGPT) pero que tú sabes que no aprendió o que su comportamiento no fue el adecuado.
Yo tengo la suerte de tener valoraciones muy altas excepto en algún caso aislado. Pero también soy consciente de que las valoraciones no siempre son justas. Suelo tener asignaturas muy agradecidas y suelo tratar de que mis clases sean amenas. Ello no me convierte en mejor profesora, o al menos no me pueden comparar con el docente que imparte una asignatura necesaria pero tremendamente difícil.
Por que muchas veces, sobre todo cuando te dan feedback negativo, los alumnos están mostrando su descontento con una asignatura o incluso con la escuela.
Solo es una reflexión.
Por eso inicié este blog, porque no busco crear polémica, ni convencer a nadie de nada.